La filosofía posee cosmovisión, y con ello dota a la persona del poder de enfocar los problemas desde bien distintas perspectivas, es decir, que saca a la luz cualidades del individuo de las que él mismo desconocía hasta la llegada de la filosofía en su vida; ello, en definitiva, hace a los problemas menos complejos, dota del potencial necesario para ver las barreras como meros obstáculos, y de ahí a ver a éstos como oportunidades o lecciones para hacer crecer a la persona.

Acudir a la filosofía ha sido un recurso muy usual a lo largo de la historia. Los casos más destacables los tenemos en célebres personajes como Aristóteles, maestro de Alejandro Magno; Séneca, tutor y consejero del Emperador Nerón; o Descartes, consultor de la Reina Cristina de Suecia.

Ello se explica porque cuando –como sucede a menudo- los problemas exceden las capacidades de resolución de la perspectiva con la que se los enfoca, se requiere una visión multidisciplinar, libre de parámetros fijos, profunda y abierta a todo tipo de posibilidades. Pero la disciplina filosófica, no obstante, no nos abandona a la indefinición, sino que nos libera de la limitación, nos abre a una visión más globalista, completa y por tanto ajustable a la complejidad de cada problema en su peculiaridad.

A menudo, cuando uno siente desorientación o inestabilidad, cuando uno se ve ante un problema, la cuestión de base suele ser una interpretación inadecuada de lo que la realidad le ofrece. La sociedad en la que vivimos está metodológicamente muy determinada, lo que lleva a considerar pocas opciones frente a los cambios inesperados, el stress, la pérdida de seres queridos, la evolución a través de las distintas etapas de la vida y un largo etc.

Es en esos momentos cuando nuestra mente y nuestro espíritu necesitan renovarse, refrescar las ideas y estabilizar lo interior; por ello la filosofía ha sido la base del asesoramiento a lo largo de dos mil quinientos años, y por ello aquí la presentamos a la problematicidad de lo cotidiano, que exige, muy a menudo, la complejidad resolutiva que exigían las decisiones de los antiguos emperadores, reyes y gobernadores. Lo cotidiano puede resultar tan complejo al individuo de a pie como al gobernador: toda vida puede resultar compleja para cada uno por igual, y por tanto, la filosofía es igualmente necesaria para toda persona, cuya experiencia particular compone su mundo.

Pero la utilidad de la filosofía no termina en lo mencionado, pues pudiendo estar la vida de uno libre de problemas, existe otra faceta que reclama de nuevo al saber filosófico: la búsqueda de la felicidad.

Por su misma capacidad de plantear opciones, la filosofía abre a la persona gran variedad de nuevas experiencias quizás ausentes en su vida. El deleite en la contemplación de obras de arte, la visión del interior de uno a través del psicoanálisis y de la ética, el desarrollo del pensamiento abstracto, el crecimiento personal y espiritual o el contacto con la naturaleza, son otros derroteros que ofrece la práctica filosófica, que antes que una formación académica, recordemos, fue una forma de vida, hoy a menudo lamentablemente olvidada.

Sólo cada persona puede descubrirse a sí misma realmente, pero siempre de la mano del pensamiento y el cultivo espiritual.